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Un Dios de vivos y no de muertos

10 de noviembre de 2013 – 32 Domingo Ordinario

Hemos celebrado hace poco el Día de los Difuntos, que seguía al de Todos los Santos. Ambos nos recordaban que estamos hechos para la Vida con mayúscula. Uno de mis compañeros me comentaba que este año vio poca gente en el cementerio. Es posible que los tres días del puente hayan invitado a viajar y no a visitar cementerios. En todo caso el amor y recuerdo de nuestros seres queridos no puede reducirse a una visita al cementerio el día de los difuntos sino que ellos deben ser una presencia amorosa espiritual todos los días. Aunque no los veamos físicamente, ellos están presentes como la persona amada, aunque esté en la distancia. “El amor es más fuerte que la muerte”, nos recuerda el enamorado del Cantar de los Cantares. Precisamente la palabra cementerio nos recuerda que es el lugar donde los seres queridos duermen, es decir, descansan. En el mismo libro del Cantar se lee “yo duermo pero mi corazón está en vela”.

Hoy día son muchos los que no creen en la resurrección ni que la vida continúe después de la muerte, los cristianos, en cambio, somos portadores de una esperanza que no debemos dejarnos arrebatar. San Pablo decía que los paganos eran personas sin esperanza. Nosotros creemos que Dios es el Dios de la vida y por eso resucitó a su Hijo Jesús de entre los muertos y con él hemos resucitado todos. Así “Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza” (2 Tes 2,16-3,5).

En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los fariseos, pero no por los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación .

Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién sería mujer?. Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demuestra que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Lc 20,27-38).

Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo han experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos noi se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice Dios a cada uno de nosotros. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar una esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.

 

 

 

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