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El padre echó a correr y lo abrazó

15 de septiembre de 2013- 24 Domingo Ordinario

El Papa Francisco ha suscitado de nuevo el interés por la fe cristiana y por la Iglesia entre personas que se habían distanciado de ella. La mayoría durante muchos años no ha sentido nostalgia de la antigua casa paterna, de nuestra madre la Iglesia. Al menos durante estos meses hemos oído pocas críticas contra ella, lo cual es ya un logro. No creo que muchos vayan a volver, pero al menos parece que están más abiertos a confiar en una renovación de la Iglesia y que se pueda entablar un diálogo con ella.  Y eso ya es mucho. Nos permitiría compartir, si no una misma fe, al menos una misma cultura al servicio del hombre.

El Sínodo para la Nueva Evangelización fue consciente del problema de la fe en los países tradicionalmente católicos, pero hay que reconocer  que todos estamos desorientados y no sabemos por dónde tirar. Se habla mucho de la pastoral de los alejados, pero con resultados pobres. El hijo pródigo volvió a casa por sí mismo (Lc  15,1-32). Hoy día eso sería casi un milagro. Volvió porque tuvo un momento de lucidez para comparar su situación actual con la anterior y darse cuenta que le interesaba volver a la casa del padre. Las generaciones actuales no tienen la posibilidad de comparar y discernir porque han vivido siempre fuera de la casa del padre y no tienen experiencia de una manera de vivir distinta. Ha desaparecido la nostalgia de un mundo totalmente otro. Lo único que conocen es este mundo unidimensional, que sin duda no nos gusta, pero se ha borrado ya la memoria de que otro mundo es posible.

La experiencia de Dios está hoy día bloqueada por el estilo de vida. Desde luego los que viven bien y sin problemas echan poco de menos a Dios. Los que lo pasan mal, maldicen la vida y a los gobernantes, y a lo mejor también a Dios, pero no se les ocurre el volver hacia Él. Para ello sería necesario entrar dentro de sí y eso, al hombre actual, le está resultando cada vez más difícil. Vive totalmente volcado hacia el exterior, perdido en la banalidad del presente. Sólo quien tiene memoria y tradiciones que recordar puede entrar en su corazón y darse cuenta de lo que está viviendo.

Al hijo de la parábola lo esperaba el padre. Su hermano, en cambio, no lo echaba en falta. En la situación actual, los alejados se han ido volviendo cada vez más indiferentes hacia la salvación y hacia la Iglesia. La Iglesia se dice cada vez más preocupada por ellos, pero no encuentra la manera de acercárseles. Son sobre todo los seglares cristianos, que están constantemente en contacto con los que han dejado de vivir como cristianos, los que podrían avivar en ellos el interés por la fe. Pero vemos que eso no ocurre. Muchas veces porque los cristianos se han vuelto indiferentes a la fe de los demás y, sin saberlo, se van volviendo indiferentes a la propia fe. Una fe que no se anuncia y no se testimonia acaba apagándose.

El mayor problema es que el panorama de la casa del padre no parece muy atrayente. Parece que sigue siendo el padre-patrón, del cual escapó el hijo pródigo para tener libertad. El espectáculo de los hijos fieles muestra que también para ellos sigue siendo el padre-patrón. Los alejados tienen miedo no sólo de no encontrar nada atractivo, sino también de perder las pocas cosas agradables que nos quedan. El reproche sigue siendo el de Nietzsche: “os veo poco resucitados”. Un cristianismo aburrido y letárgico tiene poco que ofrecer a los alejados. 

Sin duda el padre bueno no es simplemente el padre-norma, el padre-patrón. Es el Dios del amor y de la paz que puede fundar nuestras vidas de manera que nos sintamos amados y acogidos. Él puede hacer que sus hijos recapaciten. La experiencia de la misericordia de Dios convirtió a Pablo cuando se sintió llamado a ser apóstol de Jesús, precisamente cuando era su perseguidor (1 Tim 1,12-17). Era algo que él nunca se hubiera imaginado. Es lo que también nosotros vivimos cada vez que nos acercamos a la eucaristía. Participamos en el banquete que el Padre ha preparado para todos nosotros para celebrar nuestra reconciliación con Él y con nuestros hermanos.

 

 

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