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Convertíos y creed en el evangelio

25 de enero de 2015 – Tercer Domingo Ordinario

 

En tiempos de crisis, el deseo de que las cosas cambien se hace cada vez más intenso. Es lo que está sucediendo ahora en el mundo y en nuestro país. Siempre hay oportunistas que quieren adueñarse de la bandera del cambio. Es necesario conocer sus proyectos, pues también se puede cambiar hacia peor. Lo mismo sucedía en tiempo de Jesús. Entonces había diversas propuestas, que usaban la religión como justificación de sus proyectos. Unos proponían una fidelidad más radical a la Ley, otros iban hacia extremismos políticos, otros seguían defendiendo sus componendas con el poder romano. Jesús se dio cuenta de la necesidad del cambio, supo justificarlo y ofreció un proyecto atractivo (Mc 1,14-20).

Jesús no propone simplemente unos cambios externos sino que invita a una transformación interior de la persona, que comporta, sin duda, también una transformación de la realidad social. La transformación interior es ante todo un cambio de conciencia. Éste no viene provocado por un análisis de la propia subjetividad sino es el resultado de un diálogo con otra conciencia. Jesús no coloca al hombre ante la Ley sino ante Dios. Hay que situarse ante un Dios misericordioso.

La llegada inminente del Reino de Dios es lo que ha acelerado la historia e invita a aprovechar la oportunidad que ofrece el amor misericordioso de Dios. La invitación a la conversión significa ante todo abrirse a esa Buena Noticia que se expresa en el evangelio. El Evangelio es Buena Noticia porque cuenta lo que el amor misericordioso de Dios está haciendo en Cristo Jesús. Son las personas y no las ideas las que despiertan las simpatías de las muchedumbres. A veces las expectativas pueden verse frustradas a causa de la falta de un buen programa.

El encuentro con el Reino de Dios hizo que los habitantes de Nínive se convirtieran y que se evitara la catástrofe (Jon 3,1-5.10). El encuentro con Jesús cambió la vida de aquellos pescadores que dejaron sus redes y su familia para hacerse discípulos suyos. Ya no pescarán más peces sino que “pescarán” hombres, es decir los salvarán del mar tempestuoso del error y de la perdición.

El encuentro con Jesús cambió también la vida de Pablo, cuya conversión se recuerda hoy. Él es el que mejor ha descrito lo que significa la conversión. No basta cambiar la manera de vivir externamente. Es necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. La fuente de estos valores ya no será la Ley observada fanáticamente sino la vida en Cristo Jesús. Hace falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenaza con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío y sin fundamentos. Para vivir la novedad de Dios Pablo tuvo que renunciar a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.

El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en Jesús y su Evangelio. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos con actitudes nuevas. El único valor absoluto es la persona de Jesús, todos los demás son relativos. Las formas y apariencias de este mundo pasan (1 Cor 7,29-31). No se trata de negar el valor de los bienes de este mundo sino de situarlos en relación al verdadero Bien. Por eso uno no puede apegarse a ellos y hacer de ellos ídolos que ocupan el lugar de Dios. Que la celebración de la Eucaristía nos lleve a una transformación continua de nuestra vida en seguimiento de Jesús.

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