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Anunciar el Evangelio

8 de febrero de 2015 – 5 Domingo Ordinario

 

El servicio militar obligatorio es ya en España historia pasada. En la mayoría de los países del Norte se ha vuelto a un ejército profesional pagado. Fue lo que existió siempre hasta la Revolución Francesa. La vida del militar sigue siendo dura y exigente. Pero tampoco es fácil la del jornalero, las dos imágenes con las que compara Job su vida, él que antes era un rico hacendado, que probablemente no había pegado ni golpe. Pero lo peor de todo es que la vida se nos escapa de las manos. No hay esperanza de poder ser feliz (Job 7,1.4.6-7).

Pablo, en cambio, ha descubierto el sentido de la vida en el servicio al evangelio. No se trata de una profesión, que él haya elegido, porque está probablemente peor pagada que los casos mencionados por Job. Tampoco lo hace por gusto. Ni tan siquiera puede presumir de tener este oficio. Si está al servicio del evangelio es porque se lo han impuesto. ¿Qué saca en limpio? El dar a conocer el evangelio de balde. Pablo se considera un esclavo, que no tiene un derecho a un salario como el jornalero. O mejor, tendría derecho, pero no lo exige. Su recompensa está en hacerse todo a todos para ganar a algunos para la causa. ¿Cuál es pues la recompensa de Pablo? El dejar modelar su vida por el evangelio. Al transformar la vida de los demás mediante el anuncio de evangelio, también él se convierte en una persona evangélica. Se trata del evangelio por el evangelio (1 Cor 9,16-19.22-23).

Pablo había visto esta actitud en Jesús. Éste dedicó su vida al anuncio del evangelio, sin pedir nada a cambio. También Él tiene conciencia de que ha sido enviado para anunciar la Buena Noticia. No busca la alabanza de la gente, admirada ante sus milagros, ni quería que la gente hablase de Él. Cuando se da cuenta de que corre el peligro de convertirse en un personaje famoso abandona el lugar y se va con la predicación a otra parte (Mc 1,29-39).

Es la conciencia de la misión la que mantiene activos a Jesús y a Pablo. Saben que su libertad está al servicio de una persona y una causa importantes que se abren paso en el mundo. Mientras uno tiene conciencia de que hay una misión que realizar, uno es capaz de superar los pequeños problemas de cada día. El día que no hay una causa por la que continuar luchando, uno entra en crisis. Fue lo que le pasó a Job. Se da cuenta de que su vida es totalmente inútil, porque no hay alguien que le haya confiado una misión. No sabe de dónde viene ni adónde va ni qué está haciendo en este mundo.

Como María en las bodas de Caná (Jn 2, 1-9), tenemos que actuar sin que nos lo pidan, sin que nadie se dé cuenta y sin que nos lo agradezcan. El Padre, que ve en lo secreto, nos lo recompensará, transformando nuestras vidas por el evangelio. Que la celebración de la eucaristía nos afiance en la misión que Jesús nos ha confiado de ser testigos del evangelio con palabras y obras.

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