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Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo

15 de marzo de 2015 – Cuarto Domingo de Cuaresma

Muchos de nosotros hemos recibido en nuestra infancia y adolescencia una imagen negativa de Dios. Nuestros padres, los curas, los catequistas y maestros se servían de Dios para que nosotros estuviéramos quietecitos y no diéramos muchos problemas. Con la imagen de un Dios que lo ve todo y al que hay que dar cuenta de todo, se nos imponía una moralina social, muy alejada muchas veces de las exigencias del evangelio. Era una moral del temor y no del amor. No se nos enseñó todo lo que recibimos de Dios y por eso no despertamos al amor.

La historia de la salvación presenta los dones recibidos de Dios. Hay regalos y regalos. Algunos de los objetos que recibimos los colocamos simplemente en las vitrinas y casi nunca nos acordamos de ellos ni de las personas que nos los dieron. Hay, en cambio, regalos que forman parte esencial de nuestra vida, empezando por el don mismo de la vida. Pero si en la vida se pierde la libertad, la vida ya no es vida. El pueblo de Dios consideró siempre un regalo inolvidable la liberación del exilio y la vuelta a la propia patria (2 Cr 36,14-23).

Para los primeros cristianos la experiencia del amor de Dios era una realidad evidente. Lo habían experimentado en la vida de Cristo Jesús. En Él habían descubierto el gran don de Dios a los hombres, precisamente cuando éramos pecadores y enemigos de Dios. Es Dios el que había tomado la iniciativa de reconciliarse con el hombre, de suprimir la enemistad, enemistad existente tan sólo de la parte del hombre. pues Dios había estado siempre con la mano tendida en signo de amistad. Era el hombre el que rehusaba estrechar esa mano. Tan sólo ante el “excesivo amor” (Ef 2,4-10) de Dios, el hombre se rindió definitivamente y lo acogió en su vida.

La cruz de Cristo es el signo por excelencia del amor de Dios. Es ese amor el que ha cambiado totalmente el significado de ese signo de muerte para hacer de él un signo de vida (Jn 3,14-21). La cruz no es el signo de una condena, aunque Jesús haya sido condenado a muerte. Dios no ha enviado a Jesús para condenar al mundo sino para salvarlo. Tan sólo el amor salva. Jesús es al mismo tiempo el Salvador y la salvación. Salvarse significa incorporarse, mediante la fe, a Cristo muerto y resucitado.

A pesar de que Dios quiere salvar al hombre a toda costa y ha hecho para ello lo imposible, desgraciadamente el hombre continúa siendo libre ante ese ofrecimiento de la salvación. El hombre puede condenarse. No es Dios el que lo condena y lo aleja de su amor. Es el hombre el que se cierra en su egoísmo y rehúsa acoger el amor de Dios. Es el hombre el que puede cegarse y querer permanecer en su ceguera y negar que exista la luz. De esa manera puede vivir tranquilo con sus obras malas, destruyendo a los demás y a sí mismo, creyendo que así es verdaderamente feliz.

La persona que no ha experimentado el amor en su vida, será ciego para el amor. Creerá que todos quieren aprovecharse de él y él intentará ser más listo y aprovecharse de los demás. Tan sólo la contemplación del Crucificado, erguido sobre la tierra, con los brazos abiertos, deseoso de abrazarnos, puede provocar en nosotros una respuesta de amor. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a vivir el amor de Dios que nos perdona y nos hace testigos de su amor en el mundo.

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