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Su reino no tendrá fin

22 de noviembre de 2015 – Jesucristo, Rey del Universo

El deseo de paz, presente en el corazón de los hombres de buena voluntad, ha sido frustrado de nuevo por el reciente ataque terrorista de París. Este ha puesto de manifiesto que en realidad estamos viviendo en un estado de guerra mundial no declarada. Es una guerra en la que no existen frentes definidos, pero en la que sin duda se cobran víctimas inocentes. Querer crear un estado a base de violencia, en contra de la voluntad de los ciudadanos, está condenado al fracaso. Tan sólo el Reino de Dios tiene futuro, porque responde a la realidad de verdad del hombre (Dan 7,13-14). Ese Reino es el Reino del Señor resucitado, que es “el camino, la verdad y la vida”. No se trata de un territorio definido por las fronteras de otros reinos. Se trata más bien del hecho de que Dios reina. Y cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar y usurpar los derechos de Dios. Cuando Dios reina, se establece la justicia, la verdad, el amor y la paz.

Cuando Jesús dice “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no está pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Habla de otra manera de ejercer el poder, de un poder que es servicio. Para servir a los demás no se necesita un ejército que imponga por la fuerza ese estilo de vida. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios. Prometía la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo.

La verdad que Jesús nos anuncia no es un conjunto de proposiciones abstractas que se pueden aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona. El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con el funcionamiento del engranaje social. No importa la verdad de las personas o de las cosas sino simplemente el que el sistema funcione sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Como nunca buscó simplemente el éxito, su muerte en cruz no fue un fracaso humano, sino la revelación del amor del Padre, que hace de nosotros ciudadanos del Reino. Es ese Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.

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