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Si no meto los dedos en el agujero de los clavos, no creo

7 de abril de 2013 – Segundo Domingo de Pascua

El Papa Francisco está despertando un gran interés, incluso en los no creyentes. Ha invitado a la Iglesia a caminar, construir y anunciar a Cristo. Pero el anuncio de Cristo no puede ser simplemente con palabras sino que hay que hacerlo presente con las obras y la vida. Algo parecido intuía el apóstol Tomás cuando sus compañeros le hablaban de que habían visto a Jesús. Al anochecer del día de la resurrección, Jesús se aparece a los discípulos encerrados en el cenáculo (Jn 20, 19-31). Les concede el don del Espíritu, que hace de ellos la comunidad de los salvados, a los que les han sido perdonados los pecados. Esa comunidad tiene el poder de perdonar o dejar sin perdonar. Así empieza la vida de la Iglesia y la misión. Jesús envía a sus discípulos, como Él había sido enviado por el Padre. Los discípulos harán presente al Señor, como Él hacía presente al Padre. La presencia del resucitado transforma a los discípulos, llenándolos de paz y alegría, y haciéndoles perder el miedo.

El apóstol Tomás  no estaba durante aquel encuentro. Cuando se lo contaron sus compañeros, no los creyó. Exigió el tener él también una experiencia directa del resucitado, viendo y tocando. En realidad no es posible encontrar al resucitado fuera de la comunidad. Tomás tendrás la ocasión la semana siguiente cuando de nuevo Jesús se aparece a la comunidad reunida. Jesús manda a Tomás hacer lo que él había puesto como condiciones de creer, pero el apóstol no lo hace sino que simplemente confiesa al resucitado como su Señor y su Dios, quizás la confesión más clara de la fe en la divinidad de Cristo.

Jesús no se apareció por las buenas a Tomás cuando estaba solo. Sólo cuando está con la comunidad es posible hacer la experiencia del Resucitado. La fe es sin duda una experiencia personal pero tiene una dimensión comunitaria. Por eso no nos encierra en nuestra subjetividad sino que nos abre al diálogo y al compromiso en el mundo. Se trata siempre de una fe eclesial. Ha sido la Iglesia, personificada en los apóstoles, la que nos ha transmitido esa experiencia originaria del Resucitado, que cada uno de nosotros intenta asimilar en comunión con su comunidad eclesial. No es posible una fe por libre, hecha a la medida de la propia subjetividad e individualismo.

Pero ¿tenemos hoy día comunidades en las que se pueda encontrar a Jesús? Tomás quiere tocar con sus manos las llagas de Cristo. ¿Hay comunidades hoy día en que esto sea posible? El papa Francisco cree que sí, en las comunidades que viven para los pobres. En la persona del pobre uno puede tocar las llagas de Cristo. Una comunidad para los pobres es aquella en la que se comparten los recursos de manera que nadie pase necesidad (Hech 2,42-47). Es lo que ocurría en la comunidad primitiva.

Es también a lo que ha invitado el papa Francisco. A sus paisanos les pidió que no vinieran a Roma a la inauguración de su pontificado sino que dieran dinero que iban a gastar a los pobres. No se trata, por tanto, de dar para los pobres cincuenta, cien o incluso quinientos euros. El papa pedía que cada uno diera el dinero que se iba a gastar en el viaje, que fácilmente podía ascender a mil quinientos euros. Yo creo que el papa nos ha emplazado a todos a resituarnos ante los pobres, como hacían ya los Santos Padres. No se trata de dar de lo superfluo, sino de dar incluso de lo necesario, como hizo también la viuda del evangelio (Lc 21,1-4).

La celebración de la eucaristía es un momento privilegiado de encuentro personal y comunitario con el Resucitado, que cambia nuestras vidas y nos envía como testigos suyos.

 

 

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