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¿Eres tú el Mesías?

14 de Diciembre 2014 – Tercer Domingo de Adviento

 

Como en los tiempos en que no existía libertad de reunión, pues podía alterar el orden público, las autoridades judías se inquietan ante el éxito que acompaña la actividad de Juan el Bautista. Por eso, antes de que intervenga Herodes o los romanos, tomaron cartas en el asunto y empezaron a interrogarlo (Jn 1,19-28). Se desea conocer su verdadera identidad y sus intenciones. La sospecha es siempre la misma: bajo la capa de un movimiento religioso, se escondía un movimiento político revolucionario, como había ocurrido ya varias veces.

La triple pregunta respecto a su identidad constituye ya una acusación de agitador bajo la forma de un pretendido Mesías, o Elías o el Profeta. Se trataba siempre de la esperanza mesiánica bajo las figuras de un Rey, o de un nuevo Elías, o del Profeta Definitivo. Juan niega cualquier identificación con esos personajes. Esos títulos en realidad convienen a Jesús, al cual él anuncia. Juan parece ser un agente al servicio de otro.

Pero, si no es el Mesías, ¿qué autoridad tiene para bautizar? El bautismo para Juan era un gesto profético que marcaba la ruptura en la vida de las personas, indicaba un antes y un después. Juan anunciaba la venida inminente del Reino como un fuego devorador y había que convertirse para poder superar la prueba. El hacerse bautizar era la señal de que uno empezaba esa conversión. El Mesías está ya ahí, pero todavía no se ha dado a conocer. Es un Mesías escondido. Juan anuncia la manifestación mesiánica de Jesús, del cual él se considera indigno siervo. Juan se presenta, sin duda, como un profeta, pero no como el Profeta Definitivo, que hace presente la última palabra de Dios sobre el hombre. Juan es simplemente un testigo de la luz que quiera ayudar a reconocer la verdadera Luz, el Mesías que hasta ahora es un desconocido.

Es Jesús el que inaugura los tiempos mesiánicos, los tiempos del Espíritu. Tan sólo Jesús tiene el poder de dar el Espíritu, precisamente porque Él es el portador del Espíritu (Is 61,1-2.10-11). Es ese Espíritu el que lo ha ungido y constituido Rey, Sacerdote y Profeta. Es la fuerza del Espíritu la que le permite realizar la misión que Dios le ha confiado. Se trata del anuncio del Evangelio como Buena Noticia de liberación para los que sufren, los que tienen el corazón desgarrado, los cautivos y los prisioneros. Se proclama en resumen el año de gracia del Señor, el año jubilar del perdón. Dios no viene con un juicio de condenación sino de perdón para su pueblo. Por el momento las autoridades no están demasiado interesadas por conocer al Mesías que Juan anuncia y se atienen a lo que ven. Pero cuando Jesús empiece a anunciar el Reino lo considerarán peligroso, lo interrogarán, lo procesarán y lo condenarán.

Los cristianos tenemos ya las primicias del Espíritu y no debemos apagarlo (1 Tes 5,16-24). Es el Espíritu el que nos ayuda a leer los signos de los tiempos, los signos de la venida del Señor a nuestro mundo. Como hemos escuchado en el profeta Isaías, Dios sólo viene cuando se establece la libertad y la justicia. Ese el gran criterio para juzgar la venida de Jesús al mundo. ¿De qué sirve que Jesús haya nacido en Belén si no nace en mí?- se preguntaba Orígenes. ¿De qué sirve que Jesús haya venido al mundo y haya traído el amor de Dios si el mundo sigue encerrado en su egoísmo? Que la celebración de la eucaristía nos abra a la Buena Noticia y haga de nosotros testigos creíbles del Reino esperado.

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