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El rey de los judíos

24 de noviembre de 2013 – Cristo Rey del Universo

 

Los españoles y tantos otros pueblos están sobrellevando admirablemente esta crisis, enfrentándose con realismo a la situación y evitando la tentación de querer soluciones milagrosas. En otros períodos de la historia fácilmente los pueblos acudieron a buscar un salvador, terminando todo en una catástrofe. Algunos también esperaron tiempos de Jesús  que éste trajera la salvación bajo una forma de liberación política. Jesús no alimentó esas expectativas, pero se implicó a fondo para que la situación cambiara.

El llamado “título” de la cruz, “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, indicaba la acusación por la que Pilatos lo condenó a la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús crucificado es objeto de burlas por parte de las autoridades judías, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados con Él. Todos aluden a su pretendida realeza. Las autoridades evocan el título de Mesías de Dios, que es el nombre hebreo del Rey esperado, descendiente de David (2 Sam 5,1-3). Jesús había hecho algunos milagros que podían indicar su poder mesiánico de salvación, pero ahora no es capaz de salvarse a sí mismo. Los soldados aluden irónicamente al rey de los judíos y, siguiendo a las autoridades judías, le increpan que se salve a sí mismo del suplicio de la cruz. Lo mismo hace el malhechor, que irónicamente pide también  que salve a sus compañeros de cruz. Asistimos a una especie de farsa a través de la cual, sin embargo, se va a revelar la verdad.

La verdad del mesianismo de Jesús la descubre el otro malhechor que se toma en serio el momento que están viviendo y la realidad de la persona de Jesús. El momento de la muerte no es para hacer burlas a propósito del Mesías de Dios y de la salvación. Es la hora de temer respetuosamente a Dios. El buen ladrón reconoce la diferencia del suplicio de Jesús y el de ellos. Ellos lo han merecido con sus acciones mientras Jesús no ha hecho nada digno de tal castigo.  El buen ladrón reconoce que Jesús va a entrar en el Reino y le pide que se acuerde de él. Es la confesión de fe del mesianismo de Jesús, precisamente cuando todas las circunstancias parecen desmentirlo.

Jesús le promete le salvación inmediata en el mismo día. Esa salvación consiste en estar con Él. En cierto sentido el haber sido crucificado juntos anticipa ya esa salvación cuando uno sabe descubrir en el crucificado al Mesías, al salvador del mundo. De esa manera la salvación de Dios irrumpe en el presente angustioso y no queda aplazada para un futuro lejano. El momento de la crucifixión es como en san Juan la entronización de Jesús como Rey que empieza a distribuir sus dones espléndidos. El que cree en Él recibe la salvación. En su muerte en la cruz Jesús lleva a cumplimiento el misterio de su condición de Hijo, que recibe todo del Padre, desde el momento de la encarnación por obra del Espíritu de Dios. Es un misterio de obediencia en el que se fía totalmente del Padre, que lo engendra de toda eternidad y ahora en el tiempo. En su muerte, que es al mismo tiempo el momento de su glorificación, se convierte verdaderamente en el Primogénito de toda criatura, en el que también nosotros llegamos a ser hijos de Dios (Col 1,12-20).

Los cristianos terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey. Su realeza tiene poco que ver con los sistemas políticos de este mundo. Su muerte en cruz es la prueba del fracaso de todo tipo de triunfalismo puramente humano. Pero al mismo tiempo la cruz manifiesta la venida del Reino de Dios, precisamente en la persona del crucificado. En la cruz Dios comienza a reinar y a hacer justicia. Su juicio es una condena del pecado, pero una oferta de salvación para el pecador que se convierte. En la cruz Dios ha reconciliado a los hombres consigo y entre ellos. Ese es el horizonte del Reino de Dios. Se abre la posibilidad de una nueva manera de vivir la relación con Dios, revelado como Padre amoroso, y con los hermanos. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros constructores del Reino de Cristo, Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.

 

 

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