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El que no está contra nosotros está a favor nuestro

30 de septiembre de 2018 – 26 Domingo Ordinario

 

El Concilio Vaticano II creó en la Iglesia un clima de diálogo dentro de ella y con el mundo. El Concilio lo estuvo practicando durante todos los años de su duración que pusieron de manifiesto que no existía una verdad monolítica dentro de la Iglesia a pesar de que una minoría pretendía defender la verdad de siempre y veía con desconfianza a los que no estaban de acuerdo con ella, que era precisamente la mayoría. El papa Francisco, desde el primer momento, quiso recuperar aquel clima de diálogo, y permitió que las personas pudieran opinar en contra de lo que él propone. La verdad es que la criada ha salido respondona y ningún papa como él ha experimentado unos ataques tan directos desde la cúpula misma de la Iglesia. Han aparecido de nuevo los fanáticos defensores de la verdad de siempre que creen amenazada nada menos que por el Papa. Encerrados en sus posiciones no se dan cuenta de que no hay ningún cambio doctrinal sino tan solo una forma nueva de  pastoral al abordar las situaciones cambiantes por los tiempos y lugares.

También entre los servidores de Moisés o los seguidores de Jesús existían esos fanáticos, de los cuales se distanciaron tanto Moisés como Jesús. Tan sólo el convencimiento de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere puede llevarnos a presentarnos desarmados ante los demás.

Es lo que hizo Moisés cuando reconoció la acción del Espíritu en aquellos dos ancianos que estaban en la lista, pero no habían ido a la tienda del encuentro sino que se habían quedado en el campamento (Nm 11,25-29). Para ello necesitamos tener ese espíritu profético, que nos ayuda a discernir la acción de Dios en nuestro mundo a través de la lectura de los signos de los tiempos. El deseo de Moisés de que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor se hizo realidad en Pentecostés. La comunidad eclesial es toda ella carismática y ministerial. Todos somos protagonistas en la construcción de la Iglesia al servicio del mundo.

Los diversos fanatismos existentes en nuestro mundo se basan en la teoría de la exclusión: el que no está con nosotros está contra nosotros; los que no son como nosotros son enemigos nuestros. Jesús, en cambio, formula el principio de inclusión: el que no está contra nosotros está a favor nuestro (Marc 9,37-47). Más que mirar a qué grupo pertenecen las personas, debemos ver cuál es su conducta, si su conducta es liberadora porque hace el bien, o si por el contrario están causando sufrimiento a los demás.

Como ninguna religión tiene el monopolio de la verdad y sus miembros son pecadores, todos podemos dar y recibir de los demás. Eso supone que debemos dejarnos interrogar por los demás. No sólo por las religiones sino también por la razón. Las religiones no pueden atrincherarse en sus fórmulas reveladas y llevarlas al extremo del irracionalismo destructor. La historia europea muestra cuánto hubiera podido aprender la Iglesia del pensamiento moderno y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si no se hubiera opuesto a la libertad de las personas. Hemos tenido que esperar al Vaticano II para ver reconocidas todas esas libertades.

Curiosamente ese talante ecuménico y universal de Jesús aparece antes de formular toda una serie de exigencias para sus discípulos. Para no caer en el mal y no dar escándalo, es decir no hacer caer a los demás, hay que estar dispuesto a extirpar el mal de raíz en la propia persona, por más que eso pueda parecer absurdo. Sin duda que no se trata de cortarse el pie o la mano o sacarse uno ojo. Se trata de no firmar compromisos con el mal. Es al mal, que tiene sus cómplices dentro de nosotros mismos, al que hay que declararle la guerra, y no tanto a las personas buenas que son distintas de nosotros. Debemos aliarnos con todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdad, la bondad, la justicia y el amor. El apóstol Santiago pone el dedo en la llaga cuando denuncia el egoísmo de los ricos, sea de la religión que sean, en este caso la cristiana, que construyen un mundo injusto explotando a los pobres (Sant 5,1-6).

En torno a la eucaristía construyamos esa comunidad abierta al mundo, que celebra la acción liberadora del Espíritu, y abramos nuestros corazones para acoger la gran diversidad de dones que el Señor nos está dando a través de la variedad de razas, religiones y culturas.

 

 

 

 

 

 

 

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