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Dio todo lo que tenía para vivir

8 noviembre de 2015 – 32 Domingo Ordinario

 La crisis sigue aumentando el número de pobres en nuestro país. Dicen que la macroeconomía se está recuperando, pero las personas de a pie e incluso las pequeñas empresas no notan las mejoras. Sigue siendo, sin embargo, buena noticia el que las personas, a pesar de tener menos recursos, siguen apoyando a Cáritas. Los gobiernos europeos siguen mareando la perdiz sin atreverse a enfrentarse con seriedad no sólo al tema de los refugiados sino también al de la emigración. La proximidad de las elecciones hace que se silencien esos temas que pueden llevar a perder votos. Los emigrantes no votan ni tampoco ese tercio de la población que sistemáticamente se abstiene porque no cree que los cambios políticos vayan a traer un cambio de situación. Y efectivamente es la sociedad la que tiene que enfrentarse con los problemas, sin duda también exigiendo a los gobiernos que cumplan con su deber. Lo llamativo es que nuestro país siga tan tranquilo, sin agitación social, a pesar de los parados, más de la mitad de los jóvenes. La agitación ha sido ahora acaparada por ciertos partidos políticos para pedir imposibles y justificar el que no hayan hecho nada por mejorar la situación social de sus gobernados.

La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva y tantos jóvenes que no encuentran trabajo. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres.  En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.

No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que consuela en los momentos de aflicción, o ayuda a dar un sentido a la vida, o crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro inmundo injusto.  En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.

Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. Nuestra tentación es la de dar siempre de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita. Por eso es de alabar la generosidad de los voluntarios que siguen ofreciendo lo que tienen, su propia persona. Es lo que hizo la viuda del evangelio. El don material sólo tiene sentido en cuanto expresa el don de sí mismo. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo.

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