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Cada uno les oía hablar en su propia lengua

24 de mayo de 2015 – Domingo de Pentecostés

La irrupción de nuevos partidos en la vida española ha traído un lenguaje nuevo en su deseo de ganarse al electorado. La Iglesia y los políticos se suelen quejar de que la gente no comprende su lenguaje y no es capaz de percibir todo lo que están haciendo a favor de la sociedad. El problema no es de palabras sino de obras. Los ciudadanos tienen la impresión de que el lenguaje de los políticos y también de la Iglesia no está avalado por los hechos.

En la Iglesia primitiva, como en la vida de Jesús, los hechos eran los que atraían a las personas. Se trataba de palabras y obras llenas de Espíritu. Es Él el que hace posible que cada uno pueda entender el misterio de Cristo en su propia lengua (Hech 2,1-11). El Espíritu supera las barreras de las lenguas, las culturas, los pueblos, las religiones y actúa en el corazón de todos. A todos nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13).

En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen formas de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre.

Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón (Juan 20,19-23). Ante las tendencias opuestas de unidad y diversidad debemos preguntarnos siempre si respetan todos los derechos de todas las personas, de cada persona.

El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre sufriente y doliente el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe usar el lenguaje del amor, en obras y palabras. Es el único lenguaje que entienden todos. La Iglesia ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En realidad la Iglesia no existe al margen de este peregrinar juntos en la historia con los hombres. Ella, como especialista en las cosas del Espíritu, ayuda a los hombres a dar nombre a lo que sienten en lo profundo del corazón movidos por el mismo Espíritu.

Es este Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El transforme nuestros corazones de manera que reconozcamos al Señor resucitado, siempre vivo y presente en nuestro mundo.

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