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1 de agosto de 2021 – 18 Domingo Ordinario

Hace setenta años  todos los niños españoles sabían quién era Jesús. El Jesús del catecismo y de la misa del domingo formaba parte de la vida de entonces. Hoy día son muchos los niños que no han oído hablar de Jesús en sus familias ni quizás tampoco en sus colegios. No siguen la clase de religión sino la de valores.  Sin duda alguna son sus padres los que ni siquiera se plantean por qué creer en Jesús pues ellos mismos quizás ya tampoco oyeron hablar de él salvo en alguna película.

Los judíos le  preguntaron a Jesús por qué tenían que creer en él, por qué Dios quería que creyeran en él (Jn 6,24-35). Le pidieron un signo, una prueba, de que su persona merece nuestra adhesión incondicional. Quieren ver alguna manifestación que les permita concluir que Dios está actuando en Él. Sus antepasados en el desierto comieron un pan venido  de Dios por medio de Moisés. Ellos creían en el Dios de Moisés. ¿Qué es lo que Jesús puede ofrecer que ponga al hombre en relación con la realidad definitiva, con Dios? Desgraciadamente a muchos de nuestros contemporáneos tampoco les interesa la cuestión de creer o no creer en Dios. Tienen otros problemas más urgentes o hay otras realidades más atractivas que ocuparse de un Dios que no aparece en la pantalla de nuestros móviles.

Jesús declara que sólo Dios puede poner en relación con lo definitivo, con la Vida con mayúscula. Sin duda también los judíos confiesan que la vida viene de Dios y que Dios mantiene nuestra vida a través del alimento cotidiano que recibimos de su generosidad. Pero el pan del cielo que recibió el pueblo de Dios en el desierto no dio la vida definitiva. No basta con que venga del cielo, tiene que dar la vida al mundo. Dios, sin duda, se ha comunicado al hombre a través de muchos mediadores, pero tan sólo en Cristo Jesús el hombre tiene la Vida eterna. Por eso Jesús declara: Yo soy el pan de vida.

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús? Sin duda porque hemos ido viviendo y experimentando que en Él tenemos vida, y vida en abundancia. La fe en Jesús no es algo secundario en nuestra existencia sino que pertenece a la realidad más concreta y vital, al sentido de nuestra vida. Creyendo en Jesús uno escapa al vacío de la existencia  y abandona una vida movida tan sólo por los deseos del placer (Ef 4,17,20-24). Siguiendo a Jesús se entra en una dinámica de renovación continua del espíritu. Es el Espíritu de Jesús el que crea una nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Uno supera el vacío de la existencia y se descubre como alguien valioso a los ojos de Dios y de los demás.

¿Por qué creo en Jesús? Con el tiempo me doy cuenta que mi fe en Jesús no fue el resultado de una reflexión, ni tan siquiera de una experiencia particular que me llevara a creer en Él. En realidad mi fe es una respuesta a su presencia en mi vida, a su amor que me amó primero. Su presencia en aquellos tiempos de infancia era algo natural. Uno la sentía en la familia, en la escuela, en la parroquia, en los amigos. Uno se sentía acompañado por un Amigo. ¿Por qué voy a dejar al Amigo del que sólo estoy recibiendo constantemente bienes?

Los judíos pidieron a Jesús: danos siempre de ese pan de vida. Nosotros sabemos que es Jesús ese pan de vida, que nos alimenta en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía. Que encontremos siempre en Él el amigo que no nos abandona nunca sino que nos va introduciendo cada vez más en su intimidad y en la intimidad del Padre.

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Servir y dar la vida

25 de Julio de 2021 – Santiago apóstol, Patrono de España

 

La situación religiosa de nuestro país ha cambiado de tal manera durante los últimos cuarenta años que muchos tienen dificultad para creer lo que estamos viviendo. Sin duda que los cambios se han acelerado en todos los aspectos.  No cabe duda de que nos hemos modernizado. Y, para muchos, modernizarse es abandonar la fe y las tradiciones. Todo ello ha sido favorecido por la nueva cultura de usar y tirar. Hay, sin embargo, noticias que no desaparecen de los titulares durante estos dos últimos años. El coronavirus sigue  siendo noticia. El crecimiento del número de pobres, también en nuestro país, no se detiene. Aunque no salgan en los titulares todos los días, los vemos por nuestras calles y están presentes también en nuestras familias. Ante esta situación, el gobierno, la Iglesia y la mayoría de creyentes y no creyentes estamos totalmente desorientados  e indignados, todos  contra todos.

Cuenta la tradición que el apóstol Santiago encontró grandes dificultades en la evangelización de España de manera que empezó a desanimarse. La Virgen del Pilar se le apareció en Zaragoza para darle ánimos y asegurarle que su predicación produciría frutos. No hay pues que echar la toalla en el momento presente por las dificultades que experimentamos en el anuncio del evangelio. Un día producirá sus frutos porque el evangelio es siempre una fuerza de salvación para el creyente.

Quizás Santiago se había imaginado que estaba ya en el reino del Señor y que se trataba de tener un buen puesto y una vida tranquila. Por eso junto a su hermano Juan, se lo habían pedido a su madre para que fuera a ver a Jesús (Mat 20,20-28). A ésta no se le ocurrió otra cosa que presentarse cuando estaban todos los apóstoles. Éstos se indignaron contra los dos hermanos, con razón, pues también ellos tenían sus ambiciones personales.

Jesús sondeó la disponibilidad de los dos hermanos a compartir su vida y destino. Ellos se declararon decididos a todo, no sé si sabiendo muy bien a lo que se comprometían. En todo caso Jesús los tomó por la palabra, y al mismo tiempo dejó claro que Él no les iba a dar el puesto que pedía para ellos la madre. Eso dependía del Padre.

Luego Jesús intentó poner calma en el grupo soliviantado y les declaró las normas del Reino de Dios. No son las mismas de los reinos de la tierra donde los poderosos se aprovechan de su situación para someter a los súbditos y emplearlos para sus propios intereses. En su Reino, el que quiera ser grande tiene que serlo en el servicio: “servir a Dios es reinar”. Es lo que Jesús estaba haciendo. Era el servidor de todos y entregaba su vida en rescate por muchos.

Santiago debió entender la lección pues de hecho puso su vida al servicio del evangelio y fue el primero de los apóstoles que dio su vida por su Señor (Hechos 4,3.5.12.27b-33; 12, 1b). San Pablo de manera más amplia nos presenta cuál es la vida del apóstol de Cristo (2 Cor 4,7-15). Lleva un tesoro en vasijas de barro, que se pueden fácilmente quebrar. La Iglesia debe estar atenta a ese tesoro y hacer todo lo posible para que esas vasijas, que son sobre todo sus ministros, no se rompan.

En este momento crucial de la historia de la Iglesia, sentimos el acoso y las dificultades, consecuencias de nuestros pecados, pero estamos convencidos de que el Señor Jesús nos sigue confiando ese tesoro de la salvación. Es en la debilidad donde se muestra que toda la fuerza viene de Dios y no del elemento humano de la Iglesia. Con esta confianza damos gracias a Dios en la Eucaristía por el don de la fe y pedimos que seamos fieles al encargo que hemos recibido.

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Como ovejas sin pastor

18 de julio de 2021 – 16 Domingo Ordinario

 

El desprestigio de los líderes, tanto políticos como religiosos, se puede constatar en las encuestas de opinión y en los comentarios que leemos y hacemos todos los días. Falta sin duda a nivel mundial un líder con un proyecto global como corresponde a situación de nuestro mundo. Una situación difícil a causa de la pandemia y de la crisis económica y social que azota ya a todos los países. Los países ricos, en vez de asumir su responsabilidad para el bien de todos, se han replegado sobre sí mismos, bajo el lema de “sálvese quien pueda”. Los que tienen recursos intentan vacunar a toda la protección y no piensan liberar las vacunas para que todos puedan adquirir la ansiada inmunidad. No se dan cuenta los ricos, como nos recordó el papa Francisco, que todos estamos en el mismo barco y nos salvamos todos juntos o pereceremos todos. Si no se consigue la inmunidad para todos, todos estaremos siempre expuestos al contagio.  Jesús vino para derribar las barreras del odio que separa a los pueblos (Ef 2,13-18) y a establecer la paz,  entre  Dios y los hombres y entre ellos mismos.

También el profeta echa la culpa de la dispersión y desunión precisamente a los pastores, a las personas que tienen la responsabilidad de crear la unión y la comunión (Jer 23,1-6). No cabe duda de que los poderes de nuestro tiempo están interesados en mantener a las personas dispersas pues así se les maneja más fácilmente. Frente a esta situación, en muchos pueblos se buscan nuevas figuras que planten cara a los poderosos de este mundo.

Ya hace más de medio siglo, Pío XII habló del cansancio de los buenos. Esa fatiga se ha agudizado en los últimos años a causa de la desproporción entre la misión a realizar y los recursos de los que disponemos. Durante estos cincuenta años las iglesias se nos han ido quedando vacías de creyentes y de pastores. El número de personas a evangelizar, por el contrario, ha ido aumentando. Ante esta situación, sentimos, sin duda, lástima porque vemos a los hombres de nuestro mundo “como ovejas sin pastor”. La tentación es la de entregarnos a un activismo desaforado que lleva a un total vaciamiento de la vida espiritual y a un no tener tiempo para Dios. En su tiempo Jesús llamó a los apóstoles para que participaran en su misión. Les invitó a reposar un poco para que no se desfondasen, pero pronto les mandó salir fuera.

Desgraciadamente el envejecimiento progresivo del clero en nuestros ambientes contribuye también a esa impresión de falta de pastor (Mc 6,30-34). El pastor ya no vive en medio de sus ovejas. Tiene a su cuidado varios pueblos, lo que está produciendo un incremento de la fatiga, que veía ya Jesús en sus apóstoles. Sin duda que esta situación está pidiendo otro tipo de pastoreo más colegial en el interno de la comunidad. Pero para ello es necesario que existan personas que sean capaces de asumir la hermosa tarea de trabajar a favor de la comunidad cristiana. Tenemos la misma necesidad de auténticos líderes políticos que vivan la política como un servicio a la comunidad.

Jesús tuvo lástima de aquella multitud abandonada y se puso a enseñarles con calma. De cara a la renovación de la vida y la sociedad, lo primero que se necesitan es nuevas ideas. Desgraciadamente estamos viviendo en un tiempo indigente en el que el pensar brilla por su ausencia. Los grandes avances tan sólo se dan en la tecnología. Tenemos el poder de hacer casi todo los que nos proponemos, pero nos falta la capacidad de reflexionar acerca de los fines. Se da por supuesto que esta civilización técnica hace más felices a las personas, aunque las realidades parezcan desmentirlo. Tan sólo el papa Francisco y algunos más se atreven a cuestionar esta sociedad tremendamente injusta. Desgraciadamente los técnicos y expertos de los que se rodean los gobernantes para vivir a costa del pueblo se convierten en los apologistas de la política del momento y cierran los ojos ante las exigencias de la verdad de la persona y de la sociedad. Jesús reúne a su pueblo disperso en torno a la Eucaristía para escuchar su Palabra y para participar en el sacramento de la unidad de manera que su Iglesia sea fermento de unidad en el mundo.

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Jesús los fue enviando

11 de julio de 2021 – 15 Domingo Ordinario

Una Iglesia en salida, es lo que el Papa Francisco nos está recordando para que no nos olvidemos de nuestros orígenes. Jesús envió a sus discípulos a las periferias sociales de su tiempo. Los envió a la intemperie para ser ese hospital de campaña en el que se atiende a todos los maltratados por la vida. A los poderes políticos les gustaría que la religión se mantuviera en  la esfera de la vida privada y que no intervenga en la vida pública del país, salvo que apoye las opciones políticas que representa el poder de turno.  Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15), no te metas en  los asuntos sociales pues de eso sólo entendemos los gobernantes y sus asesores. El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en el santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.

El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en el reino vecino de Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.

Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.

La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.

La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.

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Nadie es profeta en su tierra

4 de julio de 2021 – 14 Domingo Ordinario

 El papa Francisco ha suscitado como ningún otro papa el interés de creyentes y no creyentes. Pero también ha provocado una oposición más o menos declarada de sectores eclesiales y eclesiásticos que no están de acuerdo con su línea. Se le acusa de cambiar la doctrina católica, sobre todo en lo tocante al matrimonio cristiano, cuando en realidad lo único que está haciendo es querer renovar la pastoral de la Iglesia. Al final será también signo de contradicción para unos y otros, aunque por diversos motivos. A unos les parecerá revolucionario y a otros inmovilista.

También Jesús como los demás profetas experimentó la oposición de la gente (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).

Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.

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Hija, tu fe te ha salvado

27 de junio de 2021 – 13 Domingo Ordinario

Desgraciadamente la violencia machista sigue a la orden del día. No hace falta ser feminista para darse cuenta de que muchas normas sociales que todavía regulan la vida de la mujer, en la sociedad y sobre todo en la Iglesia, han perdido su vigencia social pues hablan de una realidad ya caduca.  La fe tiene que estar atenta a este hecho y el papa Francisco está intentando ir cambiando la situación, aunque a muchos les parecerá que los pasos dados son muy tímidos. Las estudiosas de la Biblia  nos han abierto una nueva visión de la realidad contemplada con ojos de mujer. Nos han mostrado cómo Jesús con las únicas personas con las que no tuvo problemas fue con las mujeres,  a las que siempre defendió y presentó como verdaderos modelos de fe y de actuación social. Es el caso del evangelio de hoy, que nos cuenta la curación de una mujer y la resurrección de una niña (Marc 5,21-43).

La niña no tiene iniciativa propia por estar en las últimas y además ser menor. Morirá a los doce años, los que la mujer llevaba enferma, sin poder vivir en plenitud. La resurrección de la niña sirve para encuadrar la curación de la mujer con un flujo de sangre, que es el verdadero centro de interés del evangelio. Por supuesto es un hombre, Jairo, jefe de la sinagoga el que al principio lleva la voz cantante. Se destaca de la multitud para pedir a Jesús la curación de su hija. Pero pronto se sumerge en el grupo.

El protagonismo lo asume entonces una mujer, de la cual no se nos dice el nombre. Se identifica prácticamente con su enfermedad, que traduce sin duda su incapacidad para actuar en la vida, no sólo en la pública sino también en la privada. Como mujer, tiene que permanecer anónima entre la multitud de los que siguen a Jesús y de ninguna manera puede ser ella la que se dirija a hablar a un hombre. El evangelio no ignora las circunstancias sociales de su tiempo pero muestra cómo se pueden ir cambiando.

La mujer enferma no puede hacer nada exteriormente que le dé visibilidad, que le dé iniciativa social. El evangelio, sin embargo, mostrará que la verdadera actividad transformadora procede de la fe, que es igualmente accesible a hombres y mujeres. De hecho nuestros evangelios propondrán a María de Nazaret como modelo de fe y de dedicación a Dios y a los hombres. Pero no sólo a ella sino también a otras muchas mujeres, unas con nombres propios, otras que han permanecido en el anonimato como ésta.

Esta mujer aparece no sólo como modelo de fe sino también como una mujer inteligente que sabe aprovechar las circunstancias para lograr lo que quiere. Frente a ella los discípulos son un tanto simplistas. Interpretan la realidad de una manera demasiado convencional. Creen que no tiene sentido el que Jesús se pregunte quién le ha tocado cuando va todo el tiempo apretado por la masa. Jesús, sin embargo, sabe distinguir entre toque y toque. Ha habido sólo una persona que ha sabido tocarlo, que ha sabido expresar a través del roce de su manto su fe en él. Era una mujer.

La mujer pretendía sin duda pasar ignorada pues no tenía derecho a hacerse visible socialmente. Es Jesús  el que le da esa visibilidad social. Interpelada por Jesús, ella puede dar el paso adelante, sabiendo que no está invadiendo la esfera de los hombres, porque Jesús estaba precisamente abatiendo las barreras sociales. Lo que salva a la persona no es simplemente el roce físico sino el saber tocar con fe. Aprendamos a recibir con fe a Jesús en la eucaristía.

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Se levantó una gran tempestad

20 de junio de 2021 – XII Domingo del Tiempo Ordinario

Como dijo el Papa, a los pocos días del confinamiento por la pandemia, en una plaza de San Pedro desierta: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos… también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos“. Todavía está por ver si habrá vacunas para todas las personas o solo para los países que pueden pagarlas.

Los discípulos, que eran profesionales del mar, comprenden la gravedad de la tempestad, mientras increíblemente Jesús duerme apaciblemente en la barca. Los discípulos piensan que a Jesús no le importa el que se hundan, mientras Jesús se extraña de que ellos sientan su vida amenazada estando en su compañía (Mc 4,35-40). Su miedo es el indicio de que todavía no tienen fe en Dios ni en el propio Jesús. Jesús tiene una confianza absoluta en el Padre y sabe que su vida está en sus manos. Por eso puede dormir despreocupado mientras ruge la tempestad.

Muchas veces a lo largo de la historia los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job, en su querella contra Dios, expresaba ya esa visión pesimista del mundo. Dios tiene que abrirle los ojos y mostrarle cómo Él está continuamente luchando contra el mal. Éste, a pesar de su aspecto impetuoso y devastador como el mar, tiene ya establecidos unos límites. Frente a Dios, el monstruo marino es como un recién nacido al que hay que envolver amorosamente entre pañales (Job 38,1.8-11).

Los lamentos de tantos cristianos ante la situación del mundo y de la Iglesia traducen simplemente nuestra falta de fe. La fe significa sentirse apoyados sobre el fundamento sólido de Dios. La falta de fe viene de la impresión de que ese fundamento es movedizo, como el agua, y que fácilmente puede fallar. Se juzga de Dios a partir de lo que normalmente vemos que sucede en las cosas humanas. Hace un año todavía nos las prometíamos las más felices y de pronto vemos cómo nuestras esperanzas se volatizan y el mundo entra en crisis. El peligro es que también nuestra fe entre en crisis.

Muchas veces tenemos la impresión de que la barca de Pedro hace agua. Es normal. Está en medio de la tempestad en la que vive todo el mundo hoy, no sólo los creyentes. La institución eclesial tiene un elemento humano sometido al desgaste y envejecimiento. Eso no significa que la barca se vaya a hundir, pero sí que es un toque de atención a reparar las brechas de nuestros pecados, a reconocerlos con humildad, a pedir perdón por ellos y a reparar el mal, ocupándose de las víctimas.

Si, como nos recuerda San Pablo (2 Cor 5,14-17), en Cristo lo antiguo ha pasado y lo nuevo ha comenzado, entonces podemos estar convencidos de la intervención definitiva de Dios a favor del hombre. El mal y el pecado han sido definitivamente vencidos aunque todavía tienen capacidad de dar algunos zarpazos peligrosos. La Iglesia, y con ella los cristianos, seguimos expuestos a las tormentas de este mundo. Pero no tengamos miedo. Muchas son tormentas en un vaso de agua. La frágil barca de Pedro está habituada a bregar con este tipo de tempestades peligrosas.

Debemos ser conscientes de que los peligros peores están provocados, no por los elementos externos, sino por la infidelidad de los de dentro. La Iglesia puede ser una frágil barquilla, pero será siempre, por pura gracia de Dios y no por méritos propios, esa tabla de salvación que necesitan los náufragos de nuestro mundo. La mayoría de estos náufragos han perdido toda esperanza y no saben a qué agarrarse. Que la celebración de la eucaristía aumente nuestra fe en el Señor Resucitado, presente en su Iglesia, y haga de nosotros testigos creíbles ante el mundo.

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El Reino de Dios

13 de junio de 2021 – 11 Domingo Ordinario

Las sucesivas crisis económicas experimentadas estos últimos años, sobre todo esta última debida a la pandemia, ponen de manifiesto que la idea del progreso económico continuo es una mentira. Cada vez vamos comprobando que los recursos de los que disponemos son limitados. Si queremos cuidar la vida del planeta y de los pobres, en vez de crecer, habría que optar por decrecer. Esto sin duda es muy doloroso para los que no tienen y sueñan con tener algo, al menos  lo suficiente para llevar una vida digna. Vemos con dolor cómo un pequeño grupo acapara los bienes y derrocha mientras que la mayoría de la humanidad tiene que contentarse con las migajas. Ya en tiempo de Jesús ocurría esto y Jesús proclamó que Dios no quería esta situación tremendamente injusta y anunció el Reino de Dios. Anunció que Dios iba a reinar y, cuando Dios reina, ningún otro poder puede usurpar su señorío sobre el mundo.

¿Qué es lo que está ocurriendo pues seguimos constatando que los poderes del mundo siguen siendo los señores? Jesús comparó el Reino de Dios a realidades pequeñas, pero significativas, aunque nada más sea por la fascinación que producen sus efectos o el verlas crecer.  Nada más admirable que la germinación y crecimiento de las diversas semillas, en particular se cita el grano de mostaza (Mc 4,26-34). Otras veces hablará de la sal o de la levadura.

Jesús contó esas parábolas para animarse a sí mismo y a sus discípulos. Aunque muchas veces parece que le seguían multitudes, en realidad al final el grupo, más o menos fiel, era pequeño. Si no tiró la toalla y siguió predicando fue porque estaba convencido que todas las realidades grandes e importantes han tenido un comienzo pequeño, con un crecimiento constante.

El pueblo de Dios estaba familiarizado con las realidades pequeñas. Situado en medio de los grandes imperios y a merced de ellos, un país pequeño sólo podía tener futuro confiando en Dios. Los grandes intervenían y quitaban y ponían reyes a su antojo (Ez 17,22-24). A pesar de todo, Dios promete que va a suscitar un Rey Mesías que realizará todas las esperanzas del Pueblo de Dios.

También Pablo, aunque ve que su vida se va desmoronando, conserva la confianza (2 Cor 5,6-10), porque camina a la luz de la fe y no de lo que ve. También nosotros en estas horas oscuras en que nos toca vivir no debemos desanimarnos por lo que vemos sino confiar en lo que la fe nos promete.

Tanto la parábola del grano de mostaza como la de la levadura hablan del crecimiento del Reino de Dios cuyos inicios debieron parecer pequeños y poco prometedores. El reino no es una realidad aparte de aquella en que estamos viviendo sino que irrumpe en ella y la cambia. La levadura tiene su importancia no por la cantidad sino por sus virtualidades. Lo que cuenta no es el número sino la energía que somos capaces de desplegar en el mundo. Para ello tenemos que entrar dentro del mundo y mezclarnos con él. Eso sí, tenemos que conservar siempre la identidad cristiana, no dejar de ser levadura siguiendo la tentación fácil de convertirse en masa. La masa, ella sola, no puede fermentar. Que la celebración de la Eucaristía nos dé las energías que necesitamos para seguir impulsando la construcción del Reino.

 

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