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¿Tenemos que esperar a otro?

11 de diciembre de 2016 – Tercer Domingo de Adviento

 

En tiempos de crisis, los hombres esperan un salvador político que pueda transformar mágicamente la situación desastrosa de un país. No es de extrañarse que los judíos sometidos a la opresión romana, contra la que nada podían, anhelasen la venida del Mesías triunfador. Juan Bautista, ya en la cárcel, oyó hablar de los milagros de Jesús y esto le hace pensar en que probablemente Jesús era el Mesías que tenía que venir. Para saber a qué atenerse, pues se estaba jugando la vida, decidió enviar unos discípulos a preguntarle directamente a Jesús (Mt 11,2-11).

Jesús prefiere dar una respuesta indirecta, invitando a los enviados a contemplar las acciones liberadoras que estaban aconteciendo a través de la actividad de Jesús. Correspondían efectivamente a los milagros anunciados por los profetas para los tiempos mesiánicos (Is 35, 1-6a. 10). Jesús es pues el Mesías, o con otro título el que tenía que venir. No es necesario esperar ya a otro. Ha llegado el momento de la salvación de Dios. Juan puede estar tranquilo en la cárcel y si es necesario entregar su vida pues estamos en el tiempo de la salvación de Dios. La última palabra no la tienen ya los poderosos sino Dios que ha empezado a instaurar el Reino. Frente a los diferentes mesianismos que aparecerán en la historia, sobre todo de tipo político, los cristianos permaneceremos tranquilos. El Mesías, el Cristo, es Jesús. Eso nos lleva a desconfiar de las soluciones fáciles en una historia que vemos muy compleja. Cualquier solución humana será siempre provisional y a lo más la penúltima. La solución definitiva viene de Dios y pasa a través de la conversión del corazón del hombre.

Jesús no indicó tan sólo sus acciones milagrosas sino que dio como señal de la venida del Reino el hecho de que a los pobres se les anuncia el evangelio. La Iglesia, a través del anuncio del evangelio, continúa a hacer presente la salvación de Dios en su Mesías, Jesús. La venida del Reino es una Buena Noticia sobre todo para los pobres. Para los ricos y los poderosos constituye a menudo una amenaza porque el Reino de Dios pone en cuestión la manera en que los poderosos organizan la sociedad humana, basada en la opresión y la pobreza de las masas. El anuncio del evangelio denuncia las situaciones de injusticia de nuestro mundo. El valor para desafiar a los poderosos viene del mismo Dios que está implantando su Reino, derribando del trono a los poderosos y colmando de bienes a los pobres.

Pero Jesús añade una  inquietante bienaventuranza: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. La actividad de Jesús es signo de contradicción. Provoca la fe y el escándalo. Para el creyente cristiano se trata de la actividad mesiánica anunciada por los profetas, para el judío se trata de un impostor. ¿Qué pensó Juan el Bautista? Los evangelios han hecho de Juan uno de los creyentes en Cristo. Juan el Bautista representa una cima humana e incluso de la revelación de Dios en la antigua alianza. Pero en comparación con el creyente cristiano es poca cosa. El cristiano está viviendo ya en el Reino. Juan se ha quedado a las puertas. Juan vivió el drama de los precursores. Está intuyendo y viendo de manera visionaria una realidad nueva en la que desgraciadamente él no podrá vivir. Pero Juan fue coherente con su fe, y desde la espera del Mesías, fue capaz de entregar su propia vida como testigo de las exigencias de Dios sobre su pueblo.

Los cristianos estamos viviendo ya la presencia de Jesús entre nosotros pero eso no quiere decir que no tengamos que esperar ya nada. El apóstol nos invita a tener paciencia pues aunque hemos recibido las primicias del Reino todavía no ha llegado la plenitud total (Sant 5,7-10), aunque sabemos que el Señor está cerca. Que la celebración de esta eucaristía avive en nosotros el deseo del encuentro con Jesús, cuya venida celebraremos pronto.

 

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