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Resucitar de entre los muertos

20 de abril de 2014 – Domingo de Resurrección

Muchas veces no nos damos cuenta de que algunos acontecimientos de nuestra vida han tenido un influjo decisivo en la evolución de ésta. De pronto, una palabra, un hecho, nos hace caer en la cuenta de la importancia de aquel acontecimiento. Es lo que les pasaba a los discípulos cuando oían hablar a Jesús de su resurrección de entre los muertos. No sabían de qué hablaba. En cambio cuando el discípulo amado y Pedro vieron la tumba vacía comprendieron inmediatamente qué es lo que significaba resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9). Lo entendieron sin duda a la luz de las Escrituras y no buscaron una explicación puramente humana según la cual el cadáver habría sido robado. Con la venida del Espíritu, Pedro será capaz de formular el núcleo de la predicación apostólica sobre Jesús de Nazaret, muerto y resucitado (Hechos 10, 34-43).

La resurrección supone al mismo tiempo una ruptura y una continuidad. Como ruptura introduce algo nuevo en la persona de Jesús y en la comunidad de los discípulos. Tan sólo la resurrección permitió a los apóstoles superar el escándalo de la cruz en la que se quebró la historia del Maestro. La resurrección es presentada como un contraste entre la acción de Dios y lo que habían hecho los hombres con Jesús. Los hombres lo mataron colgándolo de un madero. Dios, en cambio, lo resucitó. La cruz lo mostraba como blasfemo y enemigo de Dios. La resurrección presenta a Jesús como el Hijo de Dios, siempre fiel a la voluntad del Padre.

La resurrección justificaba la vida y la actuación de Jesús como anunciador del Reino y la imagen que presentaba de Dios Padre. Al mismo tiempo mostraba que las pretensiones de Jesús durante su ministerio eran totalmente justificadas. Él va a ser el mediador de la salvación de Dios, la salvación misma. Por eso a la luz de la resurrección los apóstoles leen el ministerio de Jesús que había comenzado en Galilea con su bautismo. El bautismo lo había ungido con la fuerza del Espíritu Santo y lo había capacitado para realizar la misión que el Padre le encomendaba. Se resume en hacer el bien curando a los oprimidos por el diablo. Eso fue posible porque Dios estaba con Él. Le acompañó siempre en su misión y no lo abandonó ni siquiera en el momento de la crucifixión.

Los apóstoles habían sido testigos de todos los acontecimientos de la vida de Jesús, durante su vida mortal, pero también después de resucitado, pues reanudó su trato con ellos. Ha sido esa experiencia, presentada como apariciones del resucitado, la que hace de ellos testigos cualificados. Por eso pueden ahora dar testimonio válido de lo que Dios ha realizado en Jesús. La resurrección consiste en la exaltación del crucificado, que ha sido nombrado juez de vivos y muertos. De esa manera se indica que Jesús pertenece ya al ámbito de Dios, juez de la historia.

El testimonio apostólico concuerda con el testimonio de las Escrituras, que prometían el perdón de los pecados a los que creen en Cristo. Ése era el don escatológico, esperado para el final de los tiempos, junto con el don del Espíritu. Todo ello se realizó en la resurrección de Jesús, que inaugura los tiempos finales de la historia. La celebración de la Eucaristía anuncia la muerte y resurrección de Jesús y nos permite esperar su retorno glorioso.

 

 

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