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No temas recibar a María por esposa

22 de diciembre de 2013 – Cuarto Domingo de Adviento  

La exhortación del papa Francisco “La alegría del Evangelio” es un programa pastoral para toda la Iglesia, y sin duda alguna, también para su pontificado. Quizás es el primer documento eclesiástico escrito en un lenguaje inteligible para las personas sencillas. Contiene toda una serie de propuestas para la nueva etapa de la evangelización que se abre ante la Iglesia. Este documento no debiera llevar a olvidar el anterior, “La luz de la fe”, mucho más doctrinal, que constituye la fundamentación teológica de este proyecto pastoral.

 La fe se presenta como un caminar que va abriendo nuevos caminos. En ellos, junto con Jesús, vamos recorriendo las diversas etapas de su vida que concentran la historia del pueblo de Dios. Todo empieza con una invitación a salir. Abrahán dejó su patria y su parentela. La venida de Jesús será una invitación a José y a María a que abandonen los caminos trillados de los hombres y se abran a la novedad de Dios. José estaba desposado con María y esperaba con ansia el momento de poder recibirla en su casa como esposa. De pronto se da cuenta de que María está encinta. El evangelista nos aclara que es por obra del Espíritu Santo, pero eso José no lo percibe en una primera aproximación al misterio (Mt 1,18-24).           

José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.           

En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador.  José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14). 

Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. ¿De qué nos serviría que Jesús haya nacido en Belén si ahora no es anunciado en nuestro mundo? Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador.        

Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.

 

 

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