Creer en Jesucristo

18 de enero de 2025 – Segundo Domingo Ordinario

En el origen de la fe cristiana está el encuentro con Jesús. Ya durante su vida pública su persona ejerció una fascinación especial que llevó a sus discípulos a dejarlo todo para irse con él. Compartiendo su vida llegaron al conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.

Cuando los apóstoles quisieron formular sus experiencias echaron mano de su tradición religiosa. La figura del Siervo del Señor del libro de Isaías les ayudó mucho en su comprensión del misterio de Jesús (Isaías 49,3-6). La tradición judía había visto en el Siervo unas veces una figura individual, otras la realidad del mismo pueblo de Israel.  Esta figura misteriosa es escogida por Dios para hacer presente la salvación no sólo de Israel sino también de todas las naciones. Esa salvación es una luz que ilumina la vida de los hombres. No cabe duda que esa profecía ayudaba a comprender el destino de Jesús y su significado para los pueblos. Jesús no es sólo un instrumento al servicio de la salvación sino que es la salvación misma. En Él, Dios se hace presente, se nos comunica y nos introduce en su intimidad divina.

El evangelio de hoy nos transmite la experiencia de la relación de Juan Bautista con Jesús (Juan 1,29-34), que en un primer momento fue discípulo de Juan y fue bautizado por él. En ese momento Jesús comprendió que no necesitaba de maestros humanos sino que iba a seguir al Espíritu que descendió sobre él. Juan reconoce que Jesús es la persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión salvadora. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.

Juan escuchó sin duda la voz del Padre que proclamaba a Jesús su hijo amado. Jesús es el Hijo de Dios y por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza.

También Pablo (1 Cor 1,1-3) nos transmite su encuentro con Jesús resucitado. Pablo se siente llamado por Jesús resucitado que lo hace su apóstol, es decir, su misionero, su enviado. Pero también los creyentes han sido llamados por Jesús y, consagrados por su Espíritu, somos discípulos misioneros. Hemos sido santificados y tenemos como misión consagrar este mundo haciendo presente el Reino de Dios.

Cada uno a lo largo de su vida trata de vivir su fe como un encuentro personal con la persona de Jesús. Pero ese encuentro es una fe proclamada en el seno de la comunidad eclesial que necesita fórmulas que nos ayuden a hacer la misma experiencia. Por eso es tan importante compartir nuestra fe en comunidad y que cada uno pueda expresar lo que significa Jesús para su persona. Jesús es el que nos reúne en Iglesia. Como Juan Bautista y Pablo, la Iglesia continúa anunciando a los hombres que Jesús es la salvación del mundo. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.


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