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Señor, ¿a quién iremos?

22 de agosto de 2021 – 21 Domingo Ordinario

La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento. ¿Se han alejado ellos de la vida eclesial o es la Iglesia la que se ha alejado de ellos?  No cabe duda que muchos han nacido ya en una familia alejada de la Iglesia por la que no muestran ningún interés porque ven que tampoco la Iglesia se interesa por ellos.

En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro. ¿Quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

Aunque hoy día la decepción parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo, lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. La mayoría de las personas no tiene nada contra Dios. Lo único que no tienen es tiempo para él. Tienen la agenda de cada día llena y además Dios no aparece en la pantalla del móvil. La persona de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús y en su proyecto es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

También Josué, al introducir el pueblo en la tierra prometida, lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

 

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Dichosa tú que has creído

15 de agosto de 2021 – La Asunción de la Virgen María

La actual pandemia con sus muertes y estragos ha acentuado la conciencia de nuestra vulnerabilidad. Nos sentimos amenazados en nuestra existencia. Cada uno ha reaccionado según sus convicciones profundas sobre el sentido de la vida. Muchos han dicho que la vida no tiene sentido, que es una pasión inútil. Otros se han agarrado a la ciencia y la tecnología que ha fabricado vacunas en un tiempo récord. Los creyentes hemos sentido miedo como todos, pero estamos convencidos de que Dios no nos ha abandonado a un ciego destino. En medio de la prueba queremos dar razón de nuestra esperanza.

El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Incluso muchos creyentes piensan que después de la muerte no existe resurrección y se agarran a doctrinas orientales sobre la reencarnación. Existe, sin duda,  el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente. Ella fue una de nuestra raza, una como nosotros. Fue una mujer pobre y, sin embargo, encontró la realización de su existencia en entregar su vida a la misión de Jesús.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.

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El don de la fe

8 de agosto de 2021 – 19 Domingo Ordinario

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús mientras muchos de nuestros compañeros dejaron de creer? La fe o la falta de fe forman parte de la historia de nuestras vidas. Por eso cada caso es diferente y hay que tener en cuenta la situación del creyente, tanto individual como colectivamente. El rechazo de Jesús por parte de su pueblo provocó toda una reflexión en sus discípulos.

El motivo del rechazo suele concentrarse en la negación de la resurrección y de la encarnación del Hijo de Dios. Los oyentes de Jesús se escandalizan de que éste, cuyos orígenes humanos les son bien conocidos, pretenda venir del cielo, es decir venir de Dios. Comprendieron muy claramente que Jesús no se presentaba como un simple enviado de Dios como Moisés, sino que en Él estaba presente Dios de una manera distinta a como se solía repetir en su pueblo: “el enviado es como el que lo envía” (Jn 6,41-52).

Es el misterio de la persona de Jesús el que provoca la fe y la falta de fe en los que se le acercan. Los que creen en Jesús hacen la experiencia de encontrarse con Dios en Él. Los que lo rechazan afirman que en Jesús sólo encuentran una persona humana como las demás. ¿Por qué ese conflicto de interpretaciones? Es aquí donde descubrimos lo complejo de la experiencia que llamamos creer en Jesús. Toda experiencia nos es dada, no es fruto de nuestro pensamiento. No basta decidir quiero creer en Jesús. Es necesario que el Padre nos atraiga hacia Jesús para poder experimentar en su persona la presencia de Dios. Es Dios el que se nos da en la experiencia de Jesús.

¿Cómo se nos da Dios en Jesús cuando creemos en Él? Dios se nos da a través de su palabra, que el creyente tiene que escuchar y aprender. La escucha supone la obediencia, el estar dispuesto a acoger esa palabra y vivir según ella. El aprender hace de nosotros discípulos de Dios, que tienen un trato de amistad con Él y no una simple relación intelectual de maestro y discípulo. El que está familiarizado a tratar con Dios inmediatamente va hacia Jesús, porque descubre que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios. En realidad uno sólo puede entrar en contacto con Dios a través de Jesús, su Palabra encarnada.

¿Por qué a unos se les da el creer y a otros no? ¿Por qué unos conservan la fe y otros la abandonan? La convicción cristiana es que Dios se manifiesta a todos, también a los no cristianos y a los no creyentes. Y en esa manifestación nos ofrece su gracia y su amor y nos invita a un diálogo amoroso con Él. El amor y la fe son libres. Puedo responder sí o no al ofrecimiento que se me hace. Dependerá de la atracción profunda que la persona que me ofrece su amor ejerza sobre mí. Puedo en un cierto momento acoger ese amor y desgraciadamente puedo pocos años más tarde dejar que ese amor desaparezca.

Solemos decir que tenemos fe. En realidad es la fe la que nos tiene por la mano a nosotros. Si Dios nos deja de su mano, también nosotros nos convertiremos en no creyentes. Y como recordó una vez el Papa Francisco. Quizás, al final, nos llevemos muchas sorpresas. Muchos que que decían que no creían en Dios, en realidad lo estaban acogiendo en sus vidas. Por el contrario, muchos que se dicen muy creyentes no se han encontrado nunca personalmente con él.  Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a cultivar la relación personal con Jesús.

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1 de agosto de 2021 – 18 Domingo Ordinario

Hace setenta años  todos los niños españoles sabían quién era Jesús. El Jesús del catecismo y de la misa del domingo formaba parte de la vida de entonces. Hoy día son muchos los niños que no han oído hablar de Jesús en sus familias ni quizás tampoco en sus colegios. No siguen la clase de religión sino la de valores.  Sin duda alguna son sus padres los que ni siquiera se plantean por qué creer en Jesús pues ellos mismos quizás ya tampoco oyeron hablar de él salvo en alguna película.

Los judíos le  preguntaron a Jesús por qué tenían que creer en él, por qué Dios quería que creyeran en él (Jn 6,24-35). Le pidieron un signo, una prueba, de que su persona merece nuestra adhesión incondicional. Quieren ver alguna manifestación que les permita concluir que Dios está actuando en Él. Sus antepasados en el desierto comieron un pan venido  de Dios por medio de Moisés. Ellos creían en el Dios de Moisés. ¿Qué es lo que Jesús puede ofrecer que ponga al hombre en relación con la realidad definitiva, con Dios? Desgraciadamente a muchos de nuestros contemporáneos tampoco les interesa la cuestión de creer o no creer en Dios. Tienen otros problemas más urgentes o hay otras realidades más atractivas que ocuparse de un Dios que no aparece en la pantalla de nuestros móviles.

Jesús declara que sólo Dios puede poner en relación con lo definitivo, con la Vida con mayúscula. Sin duda también los judíos confiesan que la vida viene de Dios y que Dios mantiene nuestra vida a través del alimento cotidiano que recibimos de su generosidad. Pero el pan del cielo que recibió el pueblo de Dios en el desierto no dio la vida definitiva. No basta con que venga del cielo, tiene que dar la vida al mundo. Dios, sin duda, se ha comunicado al hombre a través de muchos mediadores, pero tan sólo en Cristo Jesús el hombre tiene la Vida eterna. Por eso Jesús declara: Yo soy el pan de vida.

¿Por qué seguimos creyendo en Jesús? Sin duda porque hemos ido viviendo y experimentando que en Él tenemos vida, y vida en abundancia. La fe en Jesús no es algo secundario en nuestra existencia sino que pertenece a la realidad más concreta y vital, al sentido de nuestra vida. Creyendo en Jesús uno escapa al vacío de la existencia  y abandona una vida movida tan sólo por los deseos del placer (Ef 4,17,20-24). Siguiendo a Jesús se entra en una dinámica de renovación continua del espíritu. Es el Espíritu de Jesús el que crea una nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Uno supera el vacío de la existencia y se descubre como alguien valioso a los ojos de Dios y de los demás.

¿Por qué creo en Jesús? Con el tiempo me doy cuenta que mi fe en Jesús no fue el resultado de una reflexión, ni tan siquiera de una experiencia particular que me llevara a creer en Él. En realidad mi fe es una respuesta a su presencia en mi vida, a su amor que me amó primero. Su presencia en aquellos tiempos de infancia era algo natural. Uno la sentía en la familia, en la escuela, en la parroquia, en los amigos. Uno se sentía acompañado por un Amigo. ¿Por qué voy a dejar al Amigo del que sólo estoy recibiendo constantemente bienes?

Los judíos pidieron a Jesús: danos siempre de ese pan de vida. Nosotros sabemos que es Jesús ese pan de vida, que nos alimenta en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía. Que encontremos siempre en Él el amigo que no nos abandona nunca sino que nos va introduciendo cada vez más en su intimidad y en la intimidad del Padre.

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Servir y dar la vida

25 de Julio de 2021 – Santiago apóstol, Patrono de España

 

La situación religiosa de nuestro país ha cambiado de tal manera durante los últimos cuarenta años que muchos tienen dificultad para creer lo que estamos viviendo. Sin duda que los cambios se han acelerado en todos los aspectos.  No cabe duda de que nos hemos modernizado. Y, para muchos, modernizarse es abandonar la fe y las tradiciones. Todo ello ha sido favorecido por la nueva cultura de usar y tirar. Hay, sin embargo, noticias que no desaparecen de los titulares durante estos dos últimos años. El coronavirus sigue  siendo noticia. El crecimiento del número de pobres, también en nuestro país, no se detiene. Aunque no salgan en los titulares todos los días, los vemos por nuestras calles y están presentes también en nuestras familias. Ante esta situación, el gobierno, la Iglesia y la mayoría de creyentes y no creyentes estamos totalmente desorientados  e indignados, todos  contra todos.

Cuenta la tradición que el apóstol Santiago encontró grandes dificultades en la evangelización de España de manera que empezó a desanimarse. La Virgen del Pilar se le apareció en Zaragoza para darle ánimos y asegurarle que su predicación produciría frutos. No hay pues que echar la toalla en el momento presente por las dificultades que experimentamos en el anuncio del evangelio. Un día producirá sus frutos porque el evangelio es siempre una fuerza de salvación para el creyente.

Quizás Santiago se había imaginado que estaba ya en el reino del Señor y que se trataba de tener un buen puesto y una vida tranquila. Por eso junto a su hermano Juan, se lo habían pedido a su madre para que fuera a ver a Jesús (Mat 20,20-28). A ésta no se le ocurrió otra cosa que presentarse cuando estaban todos los apóstoles. Éstos se indignaron contra los dos hermanos, con razón, pues también ellos tenían sus ambiciones personales.

Jesús sondeó la disponibilidad de los dos hermanos a compartir su vida y destino. Ellos se declararon decididos a todo, no sé si sabiendo muy bien a lo que se comprometían. En todo caso Jesús los tomó por la palabra, y al mismo tiempo dejó claro que Él no les iba a dar el puesto que pedía para ellos la madre. Eso dependía del Padre.

Luego Jesús intentó poner calma en el grupo soliviantado y les declaró las normas del Reino de Dios. No son las mismas de los reinos de la tierra donde los poderosos se aprovechan de su situación para someter a los súbditos y emplearlos para sus propios intereses. En su Reino, el que quiera ser grande tiene que serlo en el servicio: “servir a Dios es reinar”. Es lo que Jesús estaba haciendo. Era el servidor de todos y entregaba su vida en rescate por muchos.

Santiago debió entender la lección pues de hecho puso su vida al servicio del evangelio y fue el primero de los apóstoles que dio su vida por su Señor (Hechos 4,3.5.12.27b-33; 12, 1b). San Pablo de manera más amplia nos presenta cuál es la vida del apóstol de Cristo (2 Cor 4,7-15). Lleva un tesoro en vasijas de barro, que se pueden fácilmente quebrar. La Iglesia debe estar atenta a ese tesoro y hacer todo lo posible para que esas vasijas, que son sobre todo sus ministros, no se rompan.

En este momento crucial de la historia de la Iglesia, sentimos el acoso y las dificultades, consecuencias de nuestros pecados, pero estamos convencidos de que el Señor Jesús nos sigue confiando ese tesoro de la salvación. Es en la debilidad donde se muestra que toda la fuerza viene de Dios y no del elemento humano de la Iglesia. Con esta confianza damos gracias a Dios en la Eucaristía por el don de la fe y pedimos que seamos fieles al encargo que hemos recibido.

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Como ovejas sin pastor

18 de julio de 2021 – 16 Domingo Ordinario

 

El desprestigio de los líderes, tanto políticos como religiosos, se puede constatar en las encuestas de opinión y en los comentarios que leemos y hacemos todos los días. Falta sin duda a nivel mundial un líder con un proyecto global como corresponde a situación de nuestro mundo. Una situación difícil a causa de la pandemia y de la crisis económica y social que azota ya a todos los países. Los países ricos, en vez de asumir su responsabilidad para el bien de todos, se han replegado sobre sí mismos, bajo el lema de «sálvese quien pueda». Los que tienen recursos intentan vacunar a toda la protección y no piensan liberar las vacunas para que todos puedan adquirir la ansiada inmunidad. No se dan cuenta los ricos, como nos recordó el papa Francisco, que todos estamos en el mismo barco y nos salvamos todos juntos o pereceremos todos. Si no se consigue la inmunidad para todos, todos estaremos siempre expuestos al contagio.  Jesús vino para derribar las barreras del odio que separa a los pueblos (Ef 2,13-18) y a establecer la paz,  entre  Dios y los hombres y entre ellos mismos.

También el profeta echa la culpa de la dispersión y desunión precisamente a los pastores, a las personas que tienen la responsabilidad de crear la unión y la comunión (Jer 23,1-6). No cabe duda de que los poderes de nuestro tiempo están interesados en mantener a las personas dispersas pues así se les maneja más fácilmente. Frente a esta situación, en muchos pueblos se buscan nuevas figuras que planten cara a los poderosos de este mundo.

Ya hace más de medio siglo, Pío XII habló del cansancio de los buenos. Esa fatiga se ha agudizado en los últimos años a causa de la desproporción entre la misión a realizar y los recursos de los que disponemos. Durante estos cincuenta años las iglesias se nos han ido quedando vacías de creyentes y de pastores. El número de personas a evangelizar, por el contrario, ha ido aumentando. Ante esta situación, sentimos, sin duda, lástima porque vemos a los hombres de nuestro mundo “como ovejas sin pastor”. La tentación es la de entregarnos a un activismo desaforado que lleva a un total vaciamiento de la vida espiritual y a un no tener tiempo para Dios. En su tiempo Jesús llamó a los apóstoles para que participaran en su misión. Les invitó a reposar un poco para que no se desfondasen, pero pronto les mandó salir fuera.

Desgraciadamente el envejecimiento progresivo del clero en nuestros ambientes contribuye también a esa impresión de falta de pastor (Mc 6,30-34). El pastor ya no vive en medio de sus ovejas. Tiene a su cuidado varios pueblos, lo que está produciendo un incremento de la fatiga, que veía ya Jesús en sus apóstoles. Sin duda que esta situación está pidiendo otro tipo de pastoreo más colegial en el interno de la comunidad. Pero para ello es necesario que existan personas que sean capaces de asumir la hermosa tarea de trabajar a favor de la comunidad cristiana. Tenemos la misma necesidad de auténticos líderes políticos que vivan la política como un servicio a la comunidad.

Jesús tuvo lástima de aquella multitud abandonada y se puso a enseñarles con calma. De cara a la renovación de la vida y la sociedad, lo primero que se necesitan es nuevas ideas. Desgraciadamente estamos viviendo en un tiempo indigente en el que el pensar brilla por su ausencia. Los grandes avances tan sólo se dan en la tecnología. Tenemos el poder de hacer casi todo los que nos proponemos, pero nos falta la capacidad de reflexionar acerca de los fines. Se da por supuesto que esta civilización técnica hace más felices a las personas, aunque las realidades parezcan desmentirlo. Tan sólo el papa Francisco y algunos más se atreven a cuestionar esta sociedad tremendamente injusta. Desgraciadamente los técnicos y expertos de los que se rodean los gobernantes para vivir a costa del pueblo se convierten en los apologistas de la política del momento y cierran los ojos ante las exigencias de la verdad de la persona y de la sociedad. Jesús reúne a su pueblo disperso en torno a la Eucaristía para escuchar su Palabra y para participar en el sacramento de la unidad de manera que su Iglesia sea fermento de unidad en el mundo.

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Jesús los fue enviando

11 de julio de 2021 – 15 Domingo Ordinario

Una Iglesia en salida, es lo que el Papa Francisco nos está recordando para que no nos olvidemos de nuestros orígenes. Jesús envió a sus discípulos a las periferias sociales de su tiempo. Los envió a la intemperie para ser ese hospital de campaña en el que se atiende a todos los maltratados por la vida. A los poderes políticos les gustaría que la religión se mantuviera en  la esfera de la vida privada y que no intervenga en la vida pública del país, salvo que apoye las opciones políticas que representa el poder de turno.  Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15), no te metas en  los asuntos sociales pues de eso sólo entendemos los gobernantes y sus asesores. El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en el santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.

El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en el reino vecino de Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.

Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.

La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.

La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.

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Nadie es profeta en su tierra

4 de julio de 2021 – 14 Domingo Ordinario

 El papa Francisco ha suscitado como ningún otro papa el interés de creyentes y no creyentes. Pero también ha provocado una oposición más o menos declarada de sectores eclesiales y eclesiásticos que no están de acuerdo con su línea. Se le acusa de cambiar la doctrina católica, sobre todo en lo tocante al matrimonio cristiano, cuando en realidad lo único que está haciendo es querer renovar la pastoral de la Iglesia. Al final será también signo de contradicción para unos y otros, aunque por diversos motivos. A unos les parecerá revolucionario y a otros inmovilista.

También Jesús como los demás profetas experimentó la oposición de la gente (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).

Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.

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